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Cultura

Saquicoray, de la montaña peruana a la dirección de la orquesta de la UAEM

Hay historias que parecen comenzar mucho antes de que sus protagonistas sean conscientes de ellas. La de Jairo Saquicoray Ávila, director de la Orquesta de Cámara de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), empezó entre las montañas del Valle Azul, Perú, donde la música no era solo una expresión artística, sino el lenguaje cotidiano de su familia. Décadas después, esa misma melodía lo conduciría al podio desde el que hoy dirige a un grupo de músicos universitarios, convencido de que cada concierto también puede transformar vidas.

Jairo nació en la comunidad de Ingenio, en Huancayo, Perú. Durante sus primeros ocho años creció rodeado de paisajes andinos, ríos y montañas, pero también de violines, ensayos y conciertos. Su padre, Vicente Saquicoray, era violinista profesional, mientras que su abuelo dirigía una reconocida orquesta de música folclórica peruana. Sin proponérselo, el pequeño Jairo comenzaba a escribir una historia marcada por el arte.

El rumbo de la familia cambió cuando un director mexicano escuchó tocar al padre de Jairo durante una presentación en Lima y lo invitó a integrarse a una orquesta en México. La oportunidad significaba dejar atrás su país, pero también abrir la puerta a un futuro incierto y prometedor.

“Llegamos a México el 21 de noviembre de 1973. Primero estuvimos en Guadalajara, después en Xalapa y finalmente en Toluca, cuando mi padre ingresó a la Orquesta Sinfónica del Estado de México. Yo era un niño y nunca sentí realmente un choque cultural. La gente nos recibió con mucho cariño. Hice amigos muy rápido y todo fue muy natural. Creo que esa calidez hizo que México se convirtiera muy pronto en nuestro hogar”, recordó.

Aunque provenía de una familia de músicos, el violonchelo no fue una elección espontánea. Un día, su padre llegó a casa con el instrumento y le pidió que dedicara su tiempo a estudiarlo. Lo que comenzó como una disciplina impuesta terminó convirtiéndose en la pasión que definiría su vida.

Su formación continuó en la Escuela de Bellas Artes, donde se convirtió en el primer alumno de violonchelo. Las jornadas de estudio eran intensas y la exigencia constante.

“Mi papá me hacía estudiar seis o siete horas diarias. En ese momento uno piensa que es demasiado, pero con el tiempo entiendes que todo ese esfuerzo tenía un propósito. En solo cinco años ingresé a la Orquesta Sinfónica del Estado de México con apenas dieciocho años. Fue un sueño enorme y una responsabilidad todavía mayor”, comentó.

Pero la música no era el único camino que imaginaba para su futuro. Durante su juventud, el futbol también ocupó un lugar importante en su vida. Incluso realizó pruebas con el Deportivo Toluca y recibió la posibilidad de integrarse a las fuerzas básicas. Sin embargo, una conversación con su padre terminó inclinando definitivamente la balanza.

“Me encantaba jugar futbol. En el Toluca me dijeron que me podía quedar en las reservas. Mi padre me habló con mucha tranquilidad y me dijo que la carrera de un futbolista podía terminar muy pronto, mientras que la música podía acompañarme toda la vida. Me convenció. Entré al Conservatorio Nacional y poco después audicioné para la Orquesta Sinfónica del Estado de México. También desde hace 15 años formo parte de la Orquesta de Cámara de la UAEMex. Hoy entiendo que aquella conversación cambió mi destino”, afirmó.

Con el paso de los años, el violonchelista comenzó a perseguir otro anhelo que lo acompañaba desde la infancia: dirigir una orquesta. Lo que alguna vez fue un juego frente al espejo se convirtió en una meta profesional que fortaleció mediante cursos especializados, entre ellos los impartidos por el reconocido director mexicano Enrique Bátiz, además de una estancia académica en España.

Hoy, al frente de la Orquesta de Cámara de la UAEMéx, integrada por 15 músicos de cuerda, su mayor propósito es acercar la música a toda la comunidad universitaria y consolidar una agrupación con identidad propia.

“La labor del director consiste en lograr que todos respiren igual, que todos sientan la música de la misma manera. Cada músico tiene una personalidad distinta y una forma diferente de interpretar una obra; mi trabajo consiste en unir todas esas emociones para construir una sola voz. Eso es lo más difícil y también lo más hermoso de dirigir una orquesta”, explicó.

En el marco del Día Internacional del Director y Directora de Orquesta, Jairo Saquicoray Ávila reconoce que su historia pudo haber seguido otros caminos. Quizá habría dedicado su vida al futbol, a la pintura o incluso a la poesía. Sin embargo, una invitación aceptada por su padre hace más de cinco décadas, un violonchelo que llegó a sus manos durante la infancia y una vocación cultivada con disciplina terminaron marcando el compás de su existencia.

Hoy, cada vez que levanta la batuta frente a la Orquesta de Cámara de la UAEMex, también honra aquel viaje que comenzó en los Andes peruanos y encontró en México un nuevo hogar. Porque, como él mismo resume, hay destinos que la música escribe desde el primer acorde.

“Mi destino cambió cuando mi padre aceptó aquella invitación y después apareció el violonchelo. Todo fue acomodándose hasta llegar aquí. Hoy no imagino mi vida sin la música”, concluyó.

(Foto: Especial Portal)


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